UNO DE CADA CINCO COLOMBIANOS SIENTE AFECTACIÓN DE SU SALUD MENTAL POR LA CULTURA DIGITAL: LOS NIÑOS, NIÑAS Y ADOLESCENTES, ENTRE LOS MÁS AFECTADOS
SALUD MENTAL Y ADOLESCENCIA

UNO DE CADA CINCO COLOMBIANOS SIENTE AFECTACIÓN DE SU SALUD MENTAL POR LA CULTURA DIGITAL: LOS NIÑOS, NIÑAS Y ADOLESCENTES, ENTRE LOS MÁS AFECTADOS

La Encuesta Nacional de Salud Mental (ENSM) 2025, presentada por el Ministerio de Salud y Protección Social y la Universidad de Antioquia, encontró que el 21,6 % de la población colombiana de 12 años o más reportó afectación de su salud mental atribuible a la cultura digital, entendida como las transformaciones en la forma de trabajar, aprender, comunicarse y relacionarse derivadas del uso de dispositivos electrónicos. La afectación fue mayor en mujeres (22,5 %) que en hombres (20,7 %), más frecuente en zonas urbanas (22,8 %) que en zonas rurales (17,7 %), y con variaciones regionales notables, desde un 9,8 % en la región Atlántica hasta un 25,7 % en Bogotá. Este artículo cruza estos hallazgos con evidencia científica internacional reciente sobre los efectos del tiempo de pantalla en el desarrollo cerebral, el sueño y la salud mental de niños y adolescentes, con las nuevas guías de la Academia Americana de Pediatría sobre uso de dispositivos en la primera infancia, y con el debate cultural que ha reabierto recientemente la película Toy Story 5 sobre el lugar de las pantallas en el juego infantil. Se concluye que, aunque la cultura digital afecta a la población colombiana de todas las edades, la evidencia sitúa a niños, niñas y adolescentes como un grupo de riesgo particular, dado que su cerebro se encuentra en una etapa crítica de desarrollo que las pantallas, usadas sin mediación adulta, pueden alterar de manera medible y generar daños graves en su neurodesarrollo.

Resumen

La Encuesta Nacional de Salud Mental (ENSM) 2025, presentada por el Ministerio de Salud y Protección Social y la Universidad de Antioquia, encontró que el 21,6 % de la población colombiana de 12 años o más reportó afectación de su salud mental atribuible a la cultura digital, entendida como las transformaciones en la forma de trabajar, aprender, comunicarse y relacionarse derivadas del uso de dispositivos electrónicos. La afectación fue mayor en mujeres (22,5 %) que en hombres (20,7 %), más frecuente en zonas urbanas (22,8 %) que en zonas rurales (17,7 %), y con variaciones regionales notables, desde un 9,8 % en la región Atlántica hasta un 25,7 % en Bogotá. Este artículo cruza estos hallazgos con evidencia científica internacional reciente sobre los efectos del tiempo de pantalla en el desarrollo cerebral, el sueño y la salud mental de niños y adolescentes, con las nuevas guías de la Academia Americana de Pediatría sobre uso de dispositivos en la primera infancia, y con el debate cultural que ha reabierto recientemente la película Toy Story 5 sobre el lugar de las pantallas en el juego infantil. Se concluye que, aunque la cultura digital afecta a la población colombiana de todas las edades, la evidencia sitúa a niños, niñas y adolescentes como un grupo de riesgo particular, dado que su cerebro se encuentra en una etapa crítica de desarrollo que las pantallas, usadas sin mediación adulta, pueden alterar de manera medible y generar daños graves en su neurodesarrollo.

Palabras clave

Cultura digital, tiempo de pantalla, neurodesarrollo infantil, salud mental adolescente, mediación parental.

Introducción

Hay una pregunta que, sin haber sido formulada explícitamente por ningún investigador, ha estado presente de manera implícita en buena parte de la conversación reciente sobre salud mental, tanto en los reportes técnicos de los ministerios de salud como en las salas de cine de todo el continente: ¿qué le está haciendo la vida mediada por pantallas a la mente humana, y en particular a la mente que todavía se está formando?

La Encuesta Nacional de Salud Mental (ENSM) 2025, presentada por el Ministerio de Salud y Protección Social y la Universidad de Antioquia, ofrece una respuesta parcial pero contundente para Colombia: el 21,6 % de la población de 12 años o más reportó afectación de su salud mental atribuible a la cultura digital, es decir, a las transformaciones en la forma de trabajar, aprender, comunicarse y relacionarse que ha traído consigo el uso masivo de dispositivos electrónicos (Ministerio de Salud y Protección Social y Universidad de Antioquia, 2026).

Esta cifra, que equivale a uno de cada cinco colombianos, no se distribuye de manera uniforme en la población. La encuesta encontró una afectación mayor en mujeres (22,5 %) que en hombres (20,7 %), una diferencia notable entre zonas urbanas (22,8 %) y zonas rurales (17,7 %), y variaciones regionales que van desde un 9,8 % en la región Atlántica hasta un 25,7 % en Bogotá, pasando por un 24,9 % en la región Pacífica, un 23,0 % en Orinoquía y Amazonía, un 22,9 % en la región Oriental y un 15,5 % en la región Central (Ministerio de Salud y Protección Social y Universidad de Antioquia, 2026).

Aunque la encuesta no desagregó este indicador específico por grupo de edad en el material analizado para este artículo, la evidencia científica internacional que se revisará a continuación sugiere con bastante claridad que niños, niñas y adolescentes constituyen, dentro de esta cifra general, uno de los grupos más vulnerables a la afectación de la cultura digital, precisamente porque su sistema nervioso se encuentra todavía en una fase activa y crítica de desarrollo.

Resulta revelador que esta misma preocupación, que en Colombia se mide hoy con encuestas epidemiológicas rigurosas, haya encontrado eco casi simultáneo en un terreno inesperado: el cine infantil. La película Toy Story 5, estrenada recientemente en junio de 2026 por Pixar, construye su conflicto central alrededor de una tableta electrónica que desplaza a los juguetes tradicionales en la atención de su protagonista, una niña, y ha generado, según reseñas de prensa, una conversación generacional entre las familias que la han visto sobre el lugar que las pantallas ocupan en la infancia contemporánea.

Este artículo busca poner en diálogo los datos de la ENSM 2025, la evidencia científica sobre pantallas y neurodesarrollo, y esta conversación cultural más amplia, para argumentar que la afectación de la salud mental por la cultura digital, aunque transversal a toda la población colombiana, merece una atención prioritaria en la niñez y la adolescencia.

Desarrollo

1. Lo que revela la ENSM 2025 sobre la afectación de la salud mental por la cultura digital

El hallazgo central de la ENSM 2025 en este aspecto es claro en su formulación: una de cada cinco personas colombianas de 12 años o más siente que su salud mental se ha visto afectada por los cambios derivados de la cultura digital. La encuesta define estos cambios de manera amplia, abarcando transformaciones en la forma de trabajar, aprender, comunicarse y relacionarse derivadas del uso de dispositivos electrónicos, lo cual sugiere que no se trata únicamente del tiempo de exposición a una pantalla, sino de una reconfiguración más profunda de la manera en que las personas construyen vínculos, acceden a información y organizan su cotidianidad (Ministerio de Salud y Protección Social y Universidad de Antioquia, 2026).

La diferencia entre zonas urbanas (22,8 %) y rurales (17,7 %) resulta consistente con un patrón ya documentado en este mismo conjunto de encuestas: la mayor penetración de dispositivos, conectividad y dinámicas de vida digitalizada en los entornos urbanos del país se traduce en una mayor exposición a sus efectos, tanto positivos como negativos. La variación regional, con Bogotá a la cabeza (25,7 %) y la región Atlántica en el extremo opuesto (9,8 %), podría reflejar diferencias similares en el grado de digitalización de la vida cotidiana entre distintas zonas del país, aunque también podría estar influida por diferencias culturales en la forma en que distintas poblaciones perciben y reportan este tipo de afectación, una hipótesis que solo un análisis cualitativo complementario podría confirmar.

2. Por qué la niñez y la adolescencia son, según la ciencia, un grupo de riesgo particular

Aunque la cifra del 21,6 % corresponde a la población general de 12 años o más, existen razones científicas sólidas para sostener que niños, niñas y adolescentes constituyen, dentro de ese promedio, uno de los segmentos más vulnerables al efecto de la cultura digital sobre la salud mental. La razón fundamental es neurobiológica: el cerebro humano no completa su desarrollo hasta bien entrada la juventud adulta, y las etapas de la niñez y la adolescencia son periodos de particular plasticidad cerebral, en los que las experiencias repetidas, incluida la exposición sostenida a pantallas pueden modelar de manera duradera la arquitectura cerebral en formación (MDPI, 2025).

La evidencia más reciente en este campo resulta, en este sentido, particularmente inquietante. Un estudio publicado en JAMA Pediatrics, encontró que los niños pequeños con mayor tiempo de exposición a pantallas presentaban menor integridad estructural en los tractos de materia blanca cerebral correspondientes a las áreas que sustentan el lenguaje y otras habilidades de literacidad emergente, es decir, las habilidades necesarias para aprender a leer y escribir (ScienceDaily, 2026). Este hallazgo es relevante porque no se trata de una asociación basada únicamente en cuestionarios o auto reportes, sino de diferencias medibles en la estructura física del cerebro infantil asociadas al tiempo de pantalla.

A esta evidencia se suma investigación reciente sobre el efecto de las pantallas en el sueño infantil, un mecanismo con consecuencias en cadena para la salud mental. Un estudio encontró que el uso excesivo de pantallas en niños de edad preescolar puede reducir la calidad del sueño, agravando a su vez problemas de atención, hiperactividad y estabilidad del estado de ánimo (ScienceDaily, 2024). Esta cadena causal, menos sueño, peor regulación emocional, mayor dificultad de atención, constituye uno de los mecanismos mejor documentados a través de los cuales el uso excesivo de dispositivos puede traducirse en la afectación de salud mental que la ENSM 2025 cuantifica para la población colombiana en general. Que una pantalla afecte la estructura física de un cerebro que apenas está aprendiendo a leer no es una hipótesis alarmista: es un hallazgo de neuroimagen publicado en una de las revistas pediátricas más rigurosas del mundo.

La investigación sobre adolescentes, aunque con matices propios de esta etapa del desarrollo, apunta en una dirección similar. Una revisión sistemática reciente sobre el impacto del tiempo de pantalla en el desarrollo infantil y adolescente, que analizó estudios publicados entre 2014 y 2024 en bases de datos como PubMed, Scopus y Web of Science, concluyó que el uso de pantallas se asocia con afectaciones medibles en los dominios físico, cognitivo, emocional y social del desarrollo, aunque la misma revisión es cuidadosa en precisar que no todo tiempo de pantalla es perjudicial, y que el uso mediado, intencional y de contenidos de calidad puede incluso favorecer la creatividad y el pensamiento crítico (MDPI, 2025). Un estudio adicional centrado específicamente en adolescentes estadounidenses encontró asociaciones entre el tiempo de pantalla problemático y una variedad de peores desenlaces de salud, incluyendo la salud mental y la percepción de apoyo social recibido (Centers for Disease Control and Prevention, 2025).

3. Lo que dicen las nuevas guías pediátricas: ni prohibición total ni libertad absoluta

Frente a esta evidencia, la Academia Americana de Pediatría actualizó recientemente sus recomendaciones sobre el uso de pantallas en la infancia, en un giro que merece destacarse porque abandona el enfoque de límites estrictos de tiempo a favor de un criterio más matizado centrado en la calidad, el contexto y el acompañamiento conversacional. Las guías vigentes recomiendan evitar por completo las pantallas antes de los dieciocho meses de edad, salvo videollamadas, y limitar a una hora diaria el contenido de alta calidad para niños de dos a cinco años, enfatizando que las pantallas no deberían reemplazar el sueño, la actividad física, el tiempo en familia ni el juego libre, y que los dormitorios y las comidas deberían mantenerse, en la medida de lo posible, libres de dispositivos (CHOC Children's Health Hub, 2026).

Un elemento central de estas guías actualizadas, y que conecta directamente con los hallazgos de la ENSM 2025 sobre la importancia del acompañamiento adulto, es el énfasis en que los padres y madres establecen el tono del uso de pantallas en el hogar: el visionado conjunto, las conversaciones sobre el contenido que se consume y el modelamiento de hábitos digitales saludables por parte de los adultos resultan tan importantes como cualquier límite de tiempo específico (CHOC Children's Health Hub, 2026). La propia Academia Americana de Pediatría ha reconocido que no existe suficiente evidencia para sostener límites de tiempo universales y rígidos para todas las edades y todos los contenidos, lo que ha llevado a actualizar sus recomendaciones desde 2016 hacia un enfoque más centrado en la calidad de la experiencia que en la cantidad de horas (American Academy of Pediatrics, 2025).

4. Lo que enseña, sin proponérselo, una película de juguetes que hablan

En medio de este debate técnico y epidemiológico, resulta significativo que la conversación cultural más amplia sobre el lugar de las pantallas en la infancia haya encontrado, en las últimas semanas, un vehículo inesperado: el estreno de Toy Story 5, la más reciente producción de Pixar, que según reseñas de prensa colombiana se convirtió en la película más vista de 2026 en América Latina durante su primer fin de semana de estreno. La trama de esta entrega, de acuerdo con la cobertura periodística disponible, introduce un nuevo objeto de fascinación para la niña protagonista de la saga: una tableta electrónica con forma de rana, que desplaza progresivamente a los juguetes tradicionales en su atención y su juego.

Sin necesidad de reproducir aquí los detalles de las declaraciones de su elenco y equipo creativo, disponibles en la cobertura de prensa especializada, puede señalarse que la película pone en el centro de su narrativa una tensión que la ciencia del desarrollo infantil ha documentado de manera independiente: la diferencia entre el juego activo y creativo que fomentan los juguetes tradicionales, que exigen que el niño imagine y construya el sentido de la experiencia, y el consumo más pasivo o capturador de atención que pueden inducir ciertos dispositivos electrónicos diseñados, precisamente, para retener la atención del usuario el mayor tiempo posible.

Esta distinción no es ajena a la evidencia científica revisada en este artículo: diversos estudios sobre desarrollo infantil coinciden en que el juego libre, sin instrucciones ni pantalla de por medio, continúa siendo fundamental para el desarrollo cognitivo y emocional de los niños, en contraste con formatos de entretenimiento digital que, por diseño, dificultan la replicación de experiencias como la resolución de problemas o la capacidad de relacionarse con otros de maneras que el consumo pasivo de contenido rara vez logra emular. Que una producción de entretenimiento masivo dirigida a familias esté generando, según la cobertura de prensa, una conversación intergeneracional sobre el equilibrio entre pantallas y otras formas de juego, convivencia e imaginación, sugiere que la preocupación medida con rigor estadístico por la ENSM 2025 no es exclusiva de los círculos académicos o de salud pública: ha permeado también la cultura popular, probablemente porque responde a una experiencia que muchas familias colombianas, y latinoamericanas en general, reconocen como parte de su vida cotidiana.

5. El riesgo específico para Colombia: una población infantil y adolescente ya en crisis de salud mental

El hallazgo de que uno de cada cinco colombianos siente afectación de su salud mental por la cultura digital no puede leerse de manera aislada del resto de evidencia que esta misma encuesta ha revelado sobre la salud mental infantil y adolescente del país, examinada en los artículos previos de esta serie: una prevalencia de ideación suicida del 4,8 % en adolescentes entre 12 y 17 años, con el estrés postraumático como factor más fuertemente asociado; una prevalencia de trastornos emocionales del 10,4 % en ese mismo grupo de edad, con mayor afectación en mujeres; y una proporción del 28,7 % de niños, niñas y adolescentes que ha vivido al menos un evento traumático en su vida (Ministerio de Salud y Protección Social y Universidad de Antioquia, 2026).

En este contexto, la afectación de la salud mental por la cultura digital no debería entenderse como un fenómeno independiente de estos otros hallazgos, sino como un factor que, según la evidencia científica internacional revisada, puede interactuar con ellos y potencialmente agravarlos: el uso excesivo y sin mediación de pantallas puede reducir la calidad del sueño, que a su vez empeora la regulación emocional; puede sustituir el juego activo y las interacciones sociales presenciales que protegen el desarrollo socioemocional; y puede, en el caso de redes sociales específicamente, intensificar la comparación social y la exposición a contenidos que afectan negativamente el estado de ánimo de adolescentes ya vulnerables (ScienceDaily, 2024).

6. Recomendaciones para padres de familia, educadores y formuladores de política pública

  • Aplicar en el hogar criterios de calidad y acompañamiento, más que límites rígidos de tiempo: ver contenido junto con los niños, conversar sobre lo que consumen y modelar hábitos digitales saludables, siguiendo las guías actualizadas de la Academia Americana de Pediatría.

  • Mantener libres de dispositivos electrónicos los momentos de sueño y las comidas familiares, dado que la evidencia muestra una relación directa entre el uso de pantallas antes de dormir y el deterioro de la calidad del sueño infantil.

  • Priorizar el juego libre y sin pantallas en la primera infancia, dado que la evidencia científica continúa identificando esta forma de juego como fundamental para el desarrollo cognitivo y emocional, en contraste con el consumo pasivo de contenido digital.

  • Incorporar la alfabetización digital y la gestión saludable del tiempo de pantalla en los programas escolares de bienestar, dado que la afectación de la salud mental por la cultura digital ya alcanza, según la ENSM 2025, a uno de cada cinco colombianos.

  • Profundizar, en futuras ediciones de la encuesta, el desagregado específico de este indicador por grupo de edad, dado que la evidencia internacional sugiere que niños, niñas y adolescentes podrían estar entre los más afectados, una hipótesis que datos más desagregados permitirían confirmar con precisión para el caso colombiano.

Conclusión

La cifra de que uno de cada cinco colombianos siente afectación de su salud mental por la cultura digital, revelada por la ENSM 2025, confirma con datos representativos a escala nacional una preocupación que la evidencia científica internacional viene documentando desde hace años: la forma en que las pantallas y la vida mediada por dispositivos electrónicos han transformado el trabajo, el aprendizaje, la comunicación y las relaciones humanas no es un cambio neutro para la salud mental, y sus efectos, aunque transversales a toda la población, parecen concentrarse con particular intensidad en los entornos urbanos y, según la evidencia internacional sobre neurodesarrollo, en la población infantil y adolescente cuyo cerebro todavía se encuentra en formación.

Que esta misma preocupación encuentre eco, casi al mismo tiempo, en estudios de neuroimagen publicados en revistas médicas de primer nivel, en guías pediátricas actualizadas que abandonan los límites rígidos de tiempo en favor del acompañamiento de calidad, y en una producción de entretenimiento infantil que llena las salas de cine de toda América Latina con una historia sobre una tableta que desplaza a los juguetes tradicionales, sugiere que Colombia no enfrenta este fenómeno en aislamiento, sino como parte de una conversación global que apenas comienza a encontrar respuestas basadas en evidencia.

Lo que esta convergencia de fuentes, encuesta epidemiológica, neurociencia, pediatría y hasta cultura popular, permite afirmar con razonable certeza es que el problema no es la tecnología en sí misma, sino el espacio que esta ocupa cuando compite, sin mediación ni límites, con el sueño, el juego libre, la conversación familiar y las demás experiencias que el desarrollo infantil y adolescente requiere. Para Colombia, donde uno de cada cinco habitantes de doce años o más ya reporta sentir esa afectación, y donde la salud mental de niños, niñas y adolescentes enfrenta, según esta misma encuesta, desafíos significativos en materia de ideación suicida, trastornos emocionales y exposición a eventos traumáticos, atender con seriedad el lugar que las pantallas ocupan en la vida de los más jóvenes no es una preocupación menor ni pasajera: es, a la luz de toda la evidencia revisada, una prioridad de salud pública que merece la misma atención que cualquier otro factor de riesgo identificado en esta serie de hallazgos.

Referencias y fuentes
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  3. CHOC Children's Health Hub. (2026). Updated AAP recommendations for screen time: What parents need to know. Children's Health Orange County.

  4. El Colombiano. (2026, 21 de junio). Lo que Toy Story enseña sobre el tiempo que pasa un niño en las pantallas. El Colombiano.

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