VAPE EN NIÑOS, NIÑAS Y ADOLESCENTES: UN RIESGO PARA EL CEREBRO EN DESARROLLO QUE LOS PADRES COLOMBIANOS DEBEN CONTROLAR EN EL HOGAR
SALUD MENTAL Y ADOLESCENCIA

VAPE EN NIÑOS, NIÑAS Y ADOLESCENTES: UN RIESGO PARA EL CEREBRO EN DESARROLLO QUE LOS PADRES COLOMBIANOS DEBEN CONTROLAR EN EL HOGAR

La Encuesta Nacional de Salud Mental (ENSM) 2025, presentada por el Ministerio de Salud y Protección Social y la Universidad de Antioquia en junio de 2026, encontró que el 6,4 % de la población colombiana ha consumido cigarrillo electrónico alguna vez en la vida, con una frecuencia notablemente mayor entre adultos jóvenes (9,3 %), en zonas urbanas (7,0 % frente a 4,2 % en zonas rurales) y en estratos socioeconómicos 4, 5 y 6 (9,4 %). El desagregado por edad y sexo reveló que, en el grupo de 12 a 17 años, el consumo alcanza un 7,9 % en hombres y un 6,6 % en mujeres, una brecha de género considerablemente más estrecha que la observada en otras sustancias psicoactivas. Este artículo cruza estos hallazgos con cifras del Ministerio de Salud y Protección Social, la Ley 2354 de 2024 que regula los dispositivos de vapeo en el país, un estudio de la Pontificia Universidad Javeriana que encontró que una de cada cuatro personas estudiantes de bachillerato colombiano ha probado el cigarrillo electrónico, y evidencia científica internacional sobre los efectos de la nicotina en el cerebro adolescente en desarrollo. Se concluye que, hay varios estudios en la actualidad buscando determinar en qué sentido el vapeo puede ser más peligroso que el tabaco en términos absolutos, además se concluye igualmente que sí existe evidencia sólida de que el vapeo representa un riesgo desproporcionado y específico para la población infantil y adolescente colombiana, que merece una respuesta de salud pública proporcional a la velocidad con la que este consumo se ha expandido.

Introducción

Durante años, la conversación pública colombiana sobre el consumo de sustancias en la adolescencia se centró casi exclusivamente en el alcohol, el cigarrillo tradicional y, más recientemente, el cannabis y otras sustancias ilícitas. En ese tiempo, un dispositivo que muchos padres de familia y educadores aprendieron a identificar primero por su apariencia inofensiva, colores llamativos, sabores a fruta, diseño similar a una memoria USB, se expandió de manera silenciosa pero acelerada entre los más jóvenes del país: el cigarrillo electrónico, también conocido como vapeador o vape.

La Encuesta Nacional de Salud Mental (ENSM) 2025, presentada por el Ministerio de Salud y Protección Social y la Universidad de Antioquia, ofrece ahora una fotografía representativa de la magnitud de este fenómeno: el 6,4 % de la población colombiana ha consumido cigarrillo electrónico alguna vez en la vida, con una frecuencia que se concentra de manera marcada en los adultos jóvenes (9,3 %), en las zonas urbanas (7,0 %) y en los estratos socioeconómicos más altos, 4, 5 y 6 (9,4 %) (Ministerio de Salud y Protección Social y Universidad de Antioquia, 2026). Más preocupante aún es el desagregado por grupo de edad: en adolescentes de 12 a 17 años, el consumo alcanza un 7,9 % en hombres y un 6,6 % en mujeres, cifras que, a diferencia de lo observado en otras sustancias psicoactivas, muestran una brecha de género mucho más reducida, sugiriendo que el vapeo ha logrado penetrar de manera más homogénea entre adolescentes de ambos sexos que el resto de sustancias evaluadas por la encuesta.

Este artículo busca examinar, con el rigor que exige cualquier afirmación sobre riesgos comparativos en salud, qué tan fundamentada está la percepción extendida de que el vapeo es “más peligroso” que el cigarrillo tradicional, y qué dice realmente la evidencia disponible del Ministerio de Salud, de la academia colombiana y de la literatura científica internacional sobre los riesgos específicos que este producto representa para la población infantil y adolescente del país. La conclusión que se anticipa, y que se desarrollará con detalle, es que la pregunta de si el vapeo es “más peligroso” que el tabaco en términos absolutos no tiene, todavía, una respuesta científica categórica, pero que esa ausencia de consenso no debe confundirse con que el vapeo sea seguro, y mucho menos para un cerebro que, en la adolescencia, todavía se encuentra en pleno proceso de formación.

Desarrollo

1. Lo que revela la ENSM 2025 sobre el consumo de cigarrillo electrónico en Colombia

Los datos de la ENSM 2025 sobre cigarrillo electrónico permiten construir un perfil bastante preciso de quién consume este producto en Colombia. La prevalencia de consumo alguna vez en la vida es del 6,4 % en la población general, pero esta cifra promedio esconde diferencias considerables según el grupo demográfico analizado.

Por grupo de edad y sexo, el consumo en el último periodo evaluado fue de 8,3 % en hombres y 4,5 % en mujeres para el total de la población; en el grupo específico de 12 a 17 años, las cifras fueron de 7,9 % en hombres y 6,6 % en mujeres; en el grupo de 18 a 44 años, las cifras más altas de toda la encuesta, con 12,0 % en hombres y 6,7 % en mujeres; en el grupo de 45 a 59 años, 3,5 % en hombres y 1,4 % en mujeres, y en el grupo de 60 años o más, 2,7 % en hombres y 1,3 % en mujeres (Ministerio de Salud y Protección Social y Universidad de Antioquia, 2026).

Dos hallazgos de este desagregado merecen una lectura detenida. El primero es que el grupo de 12 a 17 años, es decir, la población menor de edad que la legislación colombiana protege explícitamente con la prohibición de venta de estos productos, presenta ya niveles de consumo que superan el promedio general de la población adulta mayor y se acercan al de adultos de mediana edad, lo que confirma que las restricciones legales no han logrado, hasta el momento de la encuesta, contener de manera efectiva el acceso de los menores a estos dispositivos. El segundo es la reducción notable de la brecha de género en este grupo de edad específico 7,9 % frente a 6,6 % en comparación con la brecha mucho más amplia observada en adultos jóvenes (12,0 % frente a 6,7 %) y en el resto de sustancias psicoactivas analizadas en esta misma encuesta, lo que sugiere que las estrategias de mercadeo de estos productos, frecuentemente asociadas a sabores dulces y diseños atractivos, podrían estar teniendo un efecto particularmente igualador entre adolescentes hombres y mujeres.

La encuesta también identificó que el consumo es notablemente más frecuente en estratos socioeconómicos 4, 5 y 6, con un 9,4 %, frente a un promedio general de 6,4 %, y en zonas urbanas (7,0 %) frente a zonas rurales (4,2 %) (Ministerio de Salud y Protección Social y Universidad de Antioquia, 2026). Este patrón socioeconómico es relevante porque contrasta con lo observado en otras sustancias psicoactivas analizadas previamente en esta misma encuesta, donde la vulnerabilidad social y el menor nivel educativo se asociaban con mayor consumo; en el caso del cigarrillo electrónico, el patrón se invierte, posiblemente porque se trata de un producto cuyo costo de adquisición y cuya disponibilidad comercial favorecen, al menos inicialmente, a la población de mayores ingresos.

2. Lo que confirma la academia colombiana: el vapeo ya superó al cigarrillo tradicional entre escolares

Los hallazgos de la ENSM 2025 no son un dato aislado. Un informe del Laboratorio de Economía de la Educación de la Pontificia Universidad Javeriana, basado en una encuesta a estudiantes de los grados séptimo a once en Colombia, encontró que uno de cada cuatro estudiantes, equivalente a un 24,8 %, ha probado el cigarrillo electrónico alguna vez en su vida, una cifra que supera ampliamente el 12 % de prevalencia encontrado para el cigarrillo tradicional en la misma población escolar (Pontificia Universidad Javeriana, 2024).

Este hallazgo es de particular relevancia porque confirma, con una fuente académica independiente y un universo de población específicamente escolar, que el vapeo ha desplazado al tabaco tradicional como la forma más común de iniciación al consumo de nicotina entre los adolescentes colombianos.

A esto se suma un dato del propio Ministerio de Salud y Protección Social, citado en el marco de la discusión legislativa que dio origen a la Ley 2354 de 2024: según la Encuesta Nacional de Consumo de Sustancias Psicoactivas, los cigarrillos electrónicos son ya la tercera sustancia legal más consumida en el país, con aproximadamente 1,1 millones de personas que consumen estos dispositivos con nicotina (Asuntos Legales, 2024). Esta magnitud poblacional, sumada a la concentración del consumo en población joven que confirma la ENSM 2025, configura lo que distintas voces médicas y legislativas del país han denominado una epidemia silenciosa de vapeo entre la juventud colombiana.

3. ¿Es realmente más peligroso que el tabaco? Lo que dice la evidencia científica con honestidad

Es en este punto donde conviene introducir el matiz científico más importante de este artículo. La pregunta de si el cigarrillo electrónico es “más peligroso” que el cigarrillo tradicional no tiene, en el estado actual del conocimiento científico, una respuesta categórica y unidireccional. El cigarrillo tradicional produce su daño principalmente a través de la combustión del tabaco, que genera miles de compuestos químicos, varios de ellos cancerígenos comprobados, mientras que el cigarrillo electrónico, al no quemar tabaco sino calentar un líquido que contiene nicotina y otros aditivos, evita parte de esa combustión, lo que ha llevado a algunos investigadores y autoridades sanitarias a considerar que el vapor del cigarrillo electrónico puede ser, en algunos aspectos, menos nocivo que el humo del tabaco para adultos que ya son fumadores establecidos (The New England Journal of Medicine, 2020).

Sin embargo, esa misma publicación científica, una de las más rigurosas en medicina a nivel mundial, es enfática en una conclusión que resulta central para este artículo: el uso de productos de vapeo es inseguro para los jóvenes, independientemente de si contienen nicotina o tetrahidrocannabinol, y ambas sustancias pueden dañar el desarrollo cerebral hasta bien entrada la juventud adulta (The New England Journal of Medicine, 2020).

Es decir, la comparación de riesgo relativo entre vapeo y tabaco que puede ser razonable para un adulto que ya fuma y busca una alternativa menos dañina, deja de ser la pregunta relevante cuando se trata de una persona menor de edad que, de no existir el cigarrillo electrónico, probablemente no habría iniciado el consumo de nicotina en absoluto.

La evidencia sobre el efecto de la nicotina en el cerebro adolescente es, en este sentido, mucho más concluyente y menos debatida que la comparación de riesgo absoluto entre ambos productos. El cerebro humano continúa su proceso de desarrollo hasta aproximadamente los veinticinco años de edad, y la exposición a la nicotina durante ese periodo puede afectar de manera medible las regiones cerebrales responsables de la atención, el aprendizaje, la regulación del estado de ánimo y el control de impulsos (ScienceDirect, 2020). Revisiones de la literatura científica han encontrado que los adolescentes expuestos a la nicotina muestran un menor desarrollo relativo de la corteza prefrontal, encargada del control inhibitorio, mientras que las regiones cerebrales asociadas al sistema de recompensa maduran con mayor rapidez, una combinación que la literatura asocia con mayor impulsividad y mayor vulnerabilidad a desarrollar otras adicciones (PMC, 2022).

La pregunta correcta no es si el vapeo es peor que el cigarrillo en abstracto. La pregunta correcta es si un cerebro adolescente debería estar expuesto a nicotina en cualquiera de sus formas, y la evidencia sobre neurodesarrollo responde a esa pregunta con bastante claridad.

A este riesgo se suma una condición clínica que no tiene equivalente directo en el consumo de tabaco tradicional: la lesión pulmonar asociada al uso de cigarrillos electrónicos o productos de vapeo, conocida internacionalmente por su sigla en inglés EVALI, un cuadro respiratorio grave identificado por primera vez de manera masiva en Estados Unidos en 2019, asociado principalmente, aunque no exclusivamente, al uso de productos de vapeo con tetrahidrocannabinol adquiridos en mercados informales (The New England Journal of Medicine, 2020). La existencia de esta condición, sin precedente equivalente en la patología del tabaquismo convencional, ilustra que el vapeo no es simplemente una versión “más suave” del cigarrillo tradicional, sino un producto con un perfil de riesgo propio, distinto y todavía en proceso de ser comprendido en su totalidad por la ciencia médica.

4. El marco regulatorio colombiano: avances recientes y vacíos persistentes

Colombia respondió a esta problemática con la expedición de la Ley 2354 de 2024, sancionada en mayo de ese año, que amplió el alcance de la Ley 1335 de 2009 para incluir de manera explícita la regulación del consumo, venta, publicidad y promoción de los Sistemas Electrónicos de Administración de Nicotina, los Sistemas Similares Sin Nicotina, los Productos de Tabaco Calentado y los Productos de Nicotina Oral (Congreso de Colombia, 2024). Entre sus disposiciones más relevantes se encuentran la prohibición absoluta de venta de estos productos a menores de dieciocho años, la prohibición de su publicidad en medios masivos y redes sociales, la exigencia de advertencias sanitarias en el empaquetado, la extensión de los espacios libres de humo para que también sean libres de aerosoles, y la obligación explícita del Ministerio de Salud y Protección Social de diseñar e implementar campañas educativas sobre los riesgos de estos productos, con énfasis particular en la población infantil y juvenil (Congreso de Colombia, 2024; Universidad de La Salle, 2024).

No obstante, este avance normativo, distintos análisis periodísticos y académicos posteriores a la entrada en vigor de la ley han señalado vacíos significativos en su cumplimiento. Un reportaje especializado en salud documentó que, más de un año después de la sanción de la ley, persistían dificultades para verificar el cumplimiento efectivo de la prohibición de venta a menores, particularmente en mercados informales donde el control de edad resulta, en la práctica, inexistente, y señaló además que el propio Ministerio de Salud no había logrado evidenciar, en sus canales oficiales de comunicación, el despliegue sistemático de las campañas educativas que la ley le ordena implementar (Salud con Lupa, 2025). El Concejo de Bogotá, por su parte, ha avanzado en iniciativas complementarias a nivel distrital, como el proyecto de acuerdo orientado a reglamentar la señalización de espacios cien por ciento libres de humo y aerosoles en la capital del país, en un esfuerzo por cerrar brechas de implementación que la normativa nacional, por sí sola, no ha logrado resolver (Concejo de Bogotá, 2025).

5. Lo que esta evidencia significa para padres de familia y educadores

Para los padres y madres de familia colombianos, el hallazgo más relevante de este artículo es, probablemente, el más contraintuitivo: el cigarrillo electrónico no debería tratarse como una alternativa menor de preocupación frente a otras sustancias, ni como un capricho adolescente sin consecuencias serias, precisamente porque su diseño con sabores atractivos, ausencia de humo visible y olor penetrante, apariencia discreta está pensado para reducir la percepción de riesgo, no el riesgo real.

La evidencia de que el consumo entre adolescentes de 12 a 17 años ya alcanza niveles cercanos al de adultos de mediana edad, según la propia ENSM 2025, sugiere que muchas familias colombianas podrían estar subestimando la magnitud de la exposición de sus hijos a este producto.

Para los educadores, la cifra de la Universidad Javeriana de que uno de cada cuatro estudiantes de bachillerato ha probado el cigarrillo electrónico convierte a este fenómeno en un asunto que ya no puede abordarse como un caso aislado dentro de un colegio, sino como una realidad estadísticamente probable en cualquier salón de clases del país. Esto exige que las instituciones educativas, en cumplimiento de las disposiciones de la Ley 2354 de 2024 sobre espacios libres de humo y aerosoles, complementen la prohibición formal con estrategias educativas activas sobre los riesgos específicos del vapeo para el cerebro en desarrollo, en lugar de limitarse a un enfoque exclusivamente disciplinario.

  • Las familias deberían informarse sobre cómo se ven y huelen realmente los dispositivos de vapeo actuales, dado que su diseño discreto dificulta la identificación a simple vista.

  • Las conversaciones familiares sobre sustancias deberían incluir explícitamente el cigarrillo electrónico, evitando la idea errónea de que se trata de un producto inofensivo por no involucrar combustión visible.

  • Las instituciones educativas deberían exigir el cumplimiento efectivo de los espacios cien por ciento libres de aerosoles que ordena la Ley 2354 de 2024, y no limitarse a la prohibición nominal.

  • El Ministerio de Salud y Protección Social debería hacer pública y verificable la implementación de las campañas educativas que la ley le exige, dado que diversos análisis independientes han señalado su ausencia en los canales oficiales de comunicación.

  • Las autoridades de control deberían reforzar la vigilancia sobre los mercados informales de venta de vapeadores, identificados como el principal punto de fuga frente a la prohibición de venta a menores de edad.

Conclusión

La pregunta de si el cigarrillo electrónico es, en términos absolutos, más peligroso que el cigarrillo tradicional no tiene, a la luz de la evidencia científica disponible, una respuesta categórica: ambos productos representan riesgos serios para la salud, con perfiles de daño distintos y todavía en proceso de comprensión completa por parte de la ciencia médica. Lo que sí permite afirmar la evidencia revisada en este artículo, sin ambigüedad, es que el vapeo representa un riesgo específico y desproporcionado para la población infantil y adolescente, precisamente el grupo donde, según la ENSM 2025 y el informe de la Universidad Javeriana, su consumo ha crecido con mayor velocidad en Colombia.

Que una de cada cuatro personas estudiantes de bachillerato colombiano haya probado ya este producto, que su consumo en adolescentes de 12 a 17 años se acerque al de adultos de mediana edad, y que la brecha de género en su consumo sea notablemente más estrecha que la de otras sustancias psicoactivas, configuran, en conjunto, una alerta que el país ha empezado a atender legislativamente con la Ley 2354 de 2024, pero que, según múltiples análisis independientes, todavía enfrenta vacíos significativos de implementación, particularmente en el control de mercados informales y en el despliegue efectivo de campañas educativas dirigidas a la población juvenil.

Más allá de zanjar el debate sobre cuál de los dos productos es peor, lo verdaderamente urgente para Colombia es reconocer que ambos comparten el mismo mecanismo fundamental de daño en la población más joven: la exposición de un cerebro todavía en desarrollo a una sustancia, la nicotina, descrita por la evidencia internacional como una de las más adictivas conocidas. Mientras la ciencia continúa refinando la comparación exacta de riesgos entre vapeo y tabaco, las familias, los educadores y las autoridades de salud colombianas no necesitan esperar esa respuesta definitiva para actuar: la evidencia sobre el daño que la nicotina causa en cualquier cerebro adolescente, sin importar el dispositivo que la entregue, es ya suficientemente sólida como para tratar este fenómeno con la urgencia de salud pública que merece.

Referencias y fuentes
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